Doctor Zhivago: embriagadoramente trágica

‘Doctor Zhivago’ (David Lean, 1965) no es una película amable, porque ninguna película sobre la historia de Rusia puede serlo. Hay amor, pero es un amor amargo, constantemente truncado por los cambiantes tiempos políticos. Y hay tragedia, mucha tragedia. Tanta que hace de ‘Doctor Zhivago’ una película dura, en la que eventualmente se guardan rincones para la dulzura. Se trata de una devastadora narración, realizada con elegancia e interpretada con maestría, sobre la constante lucha de la bondad contra el rencor, la tiranía o el infortunio. La maraña de relaciones que tejen el argumento de ‘Doctor Zhivago’ son constantemente agridulces, tan pronto felices, tan pronto amargas. Una dicotomía que asfixia a sus protagonistas en la horrenda Rusia revolucionaria de principios de siglo.

Alguien ha dicho que la película es propaganda anti-comunista. Esa perspectiva es errónea. ‘Doctor Zhivago’ es apolítica. Se podría decir que antipolítica. Su misión trasciende los regímenes políticos y las ideologías y se centra en las personas, en el pueblo ruso. A fin de cuentas, él es su protagonista. Él y las penurias que sufrió tanto bajo la monarquía zarista como bajo el sistema comunista. No hay intención aleccionadora en ‘Doctor Zhivago’. No hay política. Únicamente hace apología de la eterna melancolía de Rusia, maltratada por unos y por otros. “No hay nadie que ame la poesía como un ruso”, dice al final de la película el hermano comunista del protagonista. La sensibilidad del ruso viene dada por las penurias a las que siempre ha debido hacer frente, a su inexorable capacidad de encontrar rincones para la felicidad entre tanto sufrimiento. Esa es la lección de ‘Doctor Zhivago’ y no otra.

El filme de Lean es una adaptación de la novela de Boris Pasternak (al año siguiente de su publicación obtendría el premio Nobel). Partiendo de un brillante guión adaptado, Lean desarrolla paisajes incomparables (casi todos grabados en España y Finlandia), que abrigan con lucimiento la historia de Pasternak. Las virtudes de ‘Doctor Zhivago’ se exaltan entre semejante derroche de belleza, y el contraste con una historia tan amarga es doblemente espectacular. La fotografía crea un marco propicio para que se desarrolle una gran historia, la clase de gran historia que ha desaparecido de Hollywood. Ahí, en ese escenario, seguimos los pasos de Yuri Andreyevich Zhivago, interpretado por el profundamente lacónico Omar Sharif.

Zhivago es el hilo conductor de una narración que nos traslada de la Rusia zarista al estado soviético, pasando por la revolución fallida de 1905, la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil rusa y el definitivo asentamiento del sistema comunista. Fueron años convulsos para Rusia, un país que arrastraba unas condiciones sociales y políticas únicas en Europa (fue el último en abolir, prácticamente, la esclavitud, poco antes del siglo XX). Zhivago es médico y miembro de la alta sociedad rusa. La película nos narra su descenso a los infiernos. Todo en su vida es constante decadencia. Y sin embargo, muestra una vitalidad incomprensible.

El doctor es incapaz de controlar su vida. Es empujado por fuerzas motrices externas a ella. En un país arrastrado por la conflictividad y la miseria, Zhivago trata, con mayor o menor éxito, de ser todo lo feliz que las contradicciones de su entorno y las suyas propias le permiten. No hay que pensar en el médico como un personaje ideal. La película no lo pretende. Zhivago es tan humano como todos los demás, y adolece de tantos defectos como el peor de los hombres, o lo que es lo mismo, como todos los hombres. Lo interesante es su propia concepción de la existencia. Zhivago minimiza las gigantescas dificultades y maximiza las diminutas oportunidades que se le ofrecen. Durante todo el filme es varias veces degradado, desahuciado, apartado y maltratado, pero en ningún momento cae en la autocomplacencia.

A su alrededor rotan dos mujeres: Lara Antipova (una embriagadora Julie Christie) y Tonya Komarovskaya (Geraldine Chaplin, encantadora). La primera es su amante, la segunda su mujer. Ama y se desvive por las dos por igual. Las dos historias de amor, la contradicción constante de un personaje tan bondadoso como Zhivago, se entrelazan con la volatilidad social de la Rusia de su época. Las veleidades políticas alejan y acercan, según la ocasión, al doctor de sus respectivas amadas. Zhivago se ve privado en ocasiones de ambas a la vez. Ambos romances ofrecen la clase de escapada emocional que permite al protagonista sobrevivir a tanto sufrimiento. Es, como decía, esa diminuta oportunidad que debería palidecer ante las gigantescas dificultades. Sin emabargo, y he aquí una de las grandezas de esta historia, ninguno de sus personajes se permiten ser infelices siempre y cuando no puedan serlos.

Supongo que esta resignación casi milenaria por la desgracia es algo típicamente de un pueblo maltratado. Si ‘Doctor Zhivago’ trataba de ser un alegato del pueblo ruso lo consigue. Cuesta no admirarles. Su espíritu queda representado en los personajes. Para lo bueno y para lo malo. Durante todo el filme, asistimos a escenas de un terror embriagador. Ya sea la cosificación sexual de Lara Antipova a manos de Víctor Ipolitovich Komarovsky (Rod Steiger), la estremecedora carga en Moscú contra población civil, el terror genocida de Strelnikov (Tom Courtenay) o la férrea disciplina comunista durante la guerra. En ‘Doctor Zhivago’ todo duele, porque todo es horrendo.

La devastadora melancolía de Omar Sharif irradia todo el filme. Es una tristísima obra maestra. ‘Doctor Zhivago’ queda condensada en la escena final, en el corolario perfecto a una historia tan bella y tan trágica. Zhivago, incapaz de escapar de la desdicha, muere de infarto en Moscú al cruzarse, muchos años después, fortuitamente cono Lara Antipova, una vez hubo de abandonarla en plena guerra civil para asegurar su supervivencia. Allí, en el asfixiante tranvía de la ciudad, Zhivago apura su última bocanada de aire, buscando un fantasma esquivo durante toda su vida, un fantasma agrio y redentor al mismo tiempo, la estela de Lara Antipova, resignadamente desgraciada. Es un final desolador. Y por ello, precisamente, ‘Doctor Zhivago’ es tan fascinante y cautivadora. Porque no nos presenta la realidad edulcorada, sino la realidad. Ese montón de desgracias.

★★★★★

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